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La caricatura ha sido censurada a lo largo de la historia. La lógica sigue siendo la misma: el poder puede tolerar la crítica escrita, pero no la crítica hecha caricatura, cuando lo plasmado es el poder

El 4 de agosto de 2014 la caricaturista Rayma, en ese momento en el diario El Universal, denunció que le fue censurada la caricatura que debió publicarse en la edición de ese día del impreso. El mes anterior se había dado a conocer la venta de este medio de prensa a un nada transparente holding supuestamente español. En realidad, se trataba de una fachada: detrás estaban empresarios del chavismo que se hicieron con el centenario impreso venezolano.

“Esta es la caricatura que se me censuró hoy en El Universal. La que se publicó es de archivo”, escribió entonces Rayma en su cuenta de la red social Twitter. La caricatura censurada mostraba a los próceres independentistas de Colombia y Venezuela Francisco José de Paula Santander y Simón Bolívar bajo el título “La Gran Colombia” y en la parte inferior de la obra, con rasgos parecidos a los de Charles Chaplin, los rostros de los presidentes de Venezuela y Colombia, a la sazón Nicolás Maduro y Juan Manuel Santos respectivamente. Rayma tituló esta caricatura “La Gran Comedia”.

La caricatura ha sido censurada a lo largo de la historia. En Venezuela, precisamente, a los caricaturistas se les persiguió y encarceló con saña en el siglo XX. En este siglo XXI se les censura, se les calla, o deberíamos decir se intenta acallarlos. El desarrollo de los medios interactivos, teniendo como plataforma Internet, permite que finalmente el mensaje se difunda. Pero en el fondo la lógica sigue siendo la misma: el poder puede tolerar la crítica escrita, pero no la crítica hecha caricatura, cuando lo plasmado es el poder.

Una de las primeras señales que dio Hugo Chávez de que no iba a tolerar la crítica fue por allá por el año 2000. En una cadena nacional increpó al maestro Pedro León Zapata: «¿cuánto te pagaron, Zapata?», le preguntó. El hombre de poder no aceptaba que la opinión del caricaturista fuese propia, sino que la creía comprada.

Volvamos a agosto de 2014. Unas semanas después, se conoció que la caricaturista no estaría más en el medio impreso. Aquella salida de Rayma del diario El Universal, habida censura a su trabajo, dejó en claro al menos dos cosas.

En primer término, quedó en claro que este periódico, quien sea que lo haya comprado, fue comprado para no molestar al poder. Por esa razón, en primer lugar se orientaron las acciones a vaciar las páginas de opinión de aquellos puntos de vista incómodos. La caricaturista sin duda simbolizaba esta opinión que incomodaba al poder, en la medida en que podía ridiculizarlo.

La segunda cosa evidente en este despido de Rayma es que reina la autocensura. La caricatura no llegó a ser publicada por una decisión interna del medio, de quienes manejan este medio; decidieron no publicarla, obviamente para evitar molestar al poder.

Como suele suceder, censurar un contenido potencia el mensaje que se iba a dar. De haberse publicado la caricatura sin duda habría molestado al poder; pero ya sería historia, es decir, la velocidad informativa habría hecho que pasara, como otras tantas de sus caricaturas. Cuando se le censura, cuando esa caricatura pasa a ser la que no pudo publicar Rayma y que además le cuesta su relación laboral con El Universal luego de casi dos décadas, entonces su mensaje se vuelve más poderoso. Pasó a ser usada como emblema en protestas, como se vio en algunos lugares; le dio la vuelta al mundo.

Esta caricatura dejó de ser una caricatura más para convertirse en un símbolo contra el autoritarismo chavista.

Este artículo fue previamente publicado en el El Estímulo


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