La “Kiss Cam” de Cold Play y la sobre exposición periodística de un hecho privado

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Por León Hernández y Carla Zambrano

No toda ola de contenido viral en redes sociales debería ser de interés
periodístico. Más que satisfacer a una audiencia que persigue escándalos, se debe
buscar la perspectiva de lo relevante para la resolución de problemas sociales.

El 16 de julio de 2025, durante el concierto de Coldplay en el Gillette Stadium de
Boston, Massachusetts, un juego de la banda con la llamada “Kiss Cam” expuso a dos
personas mientras estaban abrazadas, generando en ellos una reacción de sorpresa e
incomodidad que llevó a muchos a especular sobre una posible relación
extramatrimonial.

Durante el incidente, el vocalista principal de la banda, Chris Martin, dijo: “O
están teniendo una aventura o son muy tímidos”. Una fan, que esperaba salir en la Kiss
Cam, grabó el incidente y decidió subirlo por lo “gracioso” del momento.

Lo que la usuaria no esperaba era que esto se volviera viral. Las personas en
redes sociales actuaron como detectives, identificando rápidamente a Andy Byron
como el CEO de la compañía tecnológica Astronomer y a Kristin Cabot como la
directora de Recursos Humanos de la misma empresa.

Más allá de lo hilarante que pueda parecer la situación, causó la suspensión y
posterior renuncia de Andy Byron, la solicitud de divorcio por parte de su esposa y la
renuncia de Kristin Cabot, cambiando sus vidas por completo.

Los medios se montaron rápidamente en la ola de la polémica. Antena 3 en
España, CNN y CNN en español, NTN24, el New York Times y Radio France
International (RFI) reseñaron el suceso, confirmaron la identidad de las parejas,
siguieron de cerca la actuación de ambos y de sus familias a través de las redes
sociales, averiguaron qué ocurriría con los cargos de los captados en la Kiss Cam,
investigaron la cantidad de dinero que podría llegar a perder Byron en un divorcio e
incluso hablaron de las posibilidades de que el ex CEO de Astronomer demandara a
Coldplay o, como tituló RFI, “¿Qué hubiera pasado en Francia con el ‘Kiss Cam’?”

Algunos análisis periodísticos, como los de El País o RFI, reflexionaron sobre las
implicaciones culturales y laborales del incidente, debatiendo sobre las políticas
empresariales en torno a las relaciones personales de los empleados, el fenómeno de
la “vergüenza pública” en la era digital y el derecho a la privacidad.

Otros, como CNN, prefirieron reseñar las parodias que le hicieron a la pareja
después. Pero, en general, una de las principales líneas de la cobertura fue la
confirmación de la infidelidad y el énfasis en la broma de Chris Martin, que fue
ampliamente citada como el detonante de la curiosidad y especulación.

Medios como Daily Mail, Metro (Ecuador) y Río Negro (Argentina) también
destacaron la reacción de la esposa de Byron, quien borró su apellido de las redes
sociales y puso en privado sus perfiles. Esta acción fue reseñada como “contundente”.
Incluso mencionaron que había publicado fotos familiares previamente.

Estos mismos medios también publicaron datos de la vida privada de Kristin
Cabot, revelando que estaba casada con un empresario del sector licorero, y detallaron
aspectos de su matrimonio y compras de propiedades.

La cobertura mediática fue variada, abarcando desde la inmediatez del chisme
viral y las consecuencias personales y profesionales, hasta el análisis de fenómenos
sociales como la cultura de la cancelación, la privacidad en la era digital y la ética
empresarial.

Una intimidad perdida bajo el reflector de un concierto

Una comunicación humana convertida en vigilancia. Habría que preguntarse
cuánto de intimidad queda sin estar bajo la lupa de las redes sociales.

Es menester reflexionar sobre la necesidad de estar expuesto por voluntad
propia, esto es, de quien postea algo para sí y su entorno de conocidos, perteneciendo,
claro, a la esfera privada -esto es, sin la presión mediática sobre lo que se hace rodar,
del propio usuario o de un tercero no consultado, sin que ninguno ocupe cargos o roles
sociales de interés público-.

Pero en el hecho que se comenta en el texto pasó algo inesperado. No jugó la
voluntad de un privado. La capacidad de comunicación inmediata expandida se revirtió
contra los protagonistas de una vida, dotadas de acciones privadas, que quedó bajo los
reflectores, sin consentimiento previo.

Lo tecnológico se expandió, sumando la acción de un juego interactivo en el
concierto -la Kiss cam-, con la publicación de una usuaria. Entonces, ocurre un
fenómeno de masas sobre la accidental «fechoría moral», no ilegal, sino «moral».

Es común, de las contemporáneas multitudes digitales, llevarse por los
comentarios y emoticones, memes y demás píldoras de contenido, para expresar
repudio sobre alguien «pillado» en un evento público. Lamentable, pero orgánico, que
muchos sean expuestos -repentinamente y sin su consentimiento- al pasar al banquillo
de los acusados, por un estado de vigilancia devenido del uso de la tecnología para
señalar, apuntar, y acabar -en minutos- con la privacidad de un sujeto o sujetos
sentenciados a priori por un comportamiento considerado por las masas como
inadecuado.

En 2012, Fernando Savater publicó un texto titulado Ética de
Urgencia. Reflexiona en este sobre la intimidad, señalando que en el presente
estamos ya acostumbrados a las cámaras de vigilancia, al registro continuo de la vida,
y a la publicación de distintos momentos, incluso sin el consentimiento de los
afectados. «Lo trágico, lo cómico, lo heroico y lo risible… cualquier cosa puede
demandar una fotografía», indica. (Savater, 2012, p. 59) Claro, advierte que si se es
una persona pública, entonces «no hay escapatoria».

Pero el “Kiss Cam” replicado y aumentado en su impacto por el post de una
usuaria sacaba del anonimato de esos dos asistentes al concierto, que habían ido a un
lugar público como otros muchos, a ver a quien sí actuaba como centro de un
espectáculo. Ahora eran parte del mundo de los memes, quienes, dos minutos atrás,
solo eran asistentes a una gala musical. Dos personas que no estaban expuestos por
cargo público alguno, ahora, por un gesto, bajo los reflectores del mundo.

De la noche a la mañana, un momento de exposición les cambia la vida, bajo el
dedo acusador de la «moral y las buenas costumbres». Pensando en realidades como
esta, Savater se inclina por defender la intimidad personal. «La intimidad se ha
convertido en un estado corriente que es invadido para convertirse en algo cada vez
más difícil de conseguir, la intimidad es más valiosa porque está secuestrada».

A la luz de lo sucedido, podríamos agregar que no está solo secuestrada, sino
que parece poco útil defenderla, pues el apetito de la audiencia podría estar más
inclinado hacia la emisión del juicio, lapidario, ideológicamente satisfactorio, sobre el
castigo a los infieles, a quienes sean considerados por el grueso social como
perpetradores de una falta inexcusable. 

La moral cristiana llamaría, tal vez, a abogar por la palabra de Jesús al señalar
«quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Pero tal voz no cabe, no sería
escuchada por la irracional mirada.

Pero también habría que preguntarse, ¿de qué serviría tal defensa, si el
momento es tan prístino como evidencia de lo cuestionable? Cae en río revuelto la
reputación de ambas personas y su empresa sanciona, como habría de esperar,
desincorporándolos de sus cargos. El ‘crimen’ encuentra castigo y más allá. ¿Habrá
derecho al olvido? ¿Cuál es el límite comunicacional de un accidente audiovisual de un
concierto que revela una situación de intimidad que trasciende sin previsión a lo
público? Por lo pronto, memes, burlas, especulaciones, sin tomar en cuenta la seriedad
del incidente.

La comunicación espectáculo y el show debe continuar, diríase. Savater nos da
luces: «La intimidad se ha convertido en una especie de aventura personal permanente.
Buscar espacios de intimidad, negociar la intimidad con otras personas, decidir con
quién quieres tener una conversación privada y con quién no cambiarás una sola
palabra sin luz ni taquígrafos…. Los momentos de intimidad son ahora una conquista,
algo que debemos negociar con los demás». (Sabater, 2012, p. 60)

Savater acepta que, en el presente, pareciera que no queda más remedio que
«tolerar» esta realidad. Entonces, habrá quien cuestione a la pareja captada en el Kiss
Cam: ¿Por qué no haber comprendido el riesgo de exposición al cual se atrevían a
aventurarse, al asistir a aquel concierto de Coldplay?  Pero allí Savater advierte: estaría
bien si la concesión de nuestra intimidad se hace de manera realmente voluntaria. ¿Lo
fue en este caso? Evidentemente no.

Sobre el dilema, sobre la intromisión, y un valor o principio mayor, por ejemplo,
la seguridad o el derecho a la vida, deja conocer que existen variantes lógicas, que
justifican la intromisión. Cita el caso del control del equipaje en un aeropuerto, cuando
queda expuesto el contenido del equipaje de una persona, garantizando que ninguno
se suba al avión con el portador de un artefacto explosivo. Allí, en su “Ética de
urgencia”, lo justifica. Pero nada podría decirse del caso de análisis, en el cual la
revelación de semejante verdad solo beneficiaría a unos privados, posiblemente no del
todo favorecidos por la exposición de su estado íntimo afectivo. «Lo que está en juego
ya no es la seguridad, qué va, aquí se impone un control basado en la idea de otra
persona de lo que está bien o lo que está mal, es una intromisión». (Savater, 2012, p.
61)

¿El periodista debe, obligatoriamente, informar sobre una intromisión?

Hay varias maneras, perspectivas, de leer lo ocurrido como periodista. Desde el
periodismo riguroso, dedicado a las necesidades sociales, más que a los apetitos
colectivos, podría haber dejado que otros reflectores hicieran leña del árbol caído, sin
perder la perspectiva de lo relevante para la resolución de problemas.

Depende, tal vez, del tipo de periodismo que se quiera hacer. Sí, habrá
fascinación por mantener cautiva a una audiencia avezada en escándalos de este tipo,
que se distraiga en mayor medida sobre la base del chisme.

Deontológicamente, se debe evitar sucumbir a montarse en la ola de tal tipo de
exposición, bajo la premisa de hacer un periodismo que genere el menor daño posible.
Erigirse como «juez» de una situación de «infidelidad», o informar a la audiencia de los
espacios que como comunicadores se dispone para hablar de la situación marital de
dos familias, ¿es hacer buen periodismo?, ¿qué audita?, ¿por qué es relevante?

No toda ola de contenido atractivo en redes sociales debería ser de interés
periodístico. La vigilancia moral de las redes debería quedar supeditada a eso mismo,
al comportamiento de masas, al estado del vagón en el que se montan algunos para la
burla. Subirse en ese vagón, solo para parecer cónsono con una tendencia de
curiosidad extrema sobre la intimidad de terceros privados, no cumple los estándares
deseados del periodismo de nuestros tiempos, que debe ser orientador, enfocándose
en asuntos realmente relevantes, importantes para el colectivo.

Referencias

Savater, F. (2012). Ética de urgencia (1.ª ed.). Ariel.