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Según el informe de Social Media, actualmente hay 4,2 mil millones de usuarios de redes sociales en todo el mundo, lo que representa 53,6 % de la población. Estas impresionantes cifras pueden sugerir que estamos cada día más comunicados e informados, pero no es así.

El surgimiento de nuevas tecnologías de la información facilita la aparición de dinámicas de desinformación creadoras de fake news que se transforman rápidamente en tendencia en las redes sociales, desnaturalizando el debate democrático.

Para la profesora Mira Milosevich – Juaristi (2017) la desinformación está diseñada para engañar y desorientar al oponente, influir en sus decisiones y socavar su eficiencia política, económica y militar. Por tanto, los generadores de desinformación lo hacen con objetivos muy concretos y con la voluntad expresa de engañar.

En este proceso perverso de producir desinformación se mezclan acontecimientos reales y ficticios, generando tantas versiones de un mismo hecho que resulta imposible conocer la verdad.

La maquinaria para difundir la desinformación está compuesta por cuentas inorgánicas de bots o troles, creadoras de tendencias artificiales que promueven la polarización, la tensión y la desconfianza en los ciudadanos.

Si a esto le sumamos los mecanismos que usan las redes para personalizar y filtrar la información de acuerdo con el perfil del usuario, encontramos que cada día se hace más difícil promover la deliberación en el espacio público.

Lo cierto es que la desinformación y la mentira en política siempre han existido, pero su amplificación a través de las redes sociales es un fenómeno totalmente nuevo, que sin duda, está impactando en la calidad de la democracia en Occidente.

En los países autoritarios, la desinformación se ha convertido en una estrategia para fortalecer el control social a lo interno y debilitar a sus adversarios a lo externo. Rusia y China han desarrollado poderosos ejércitos de desinformación que buscan desacreditar a las democracias occidentales e, incluso, incidir en sus procesos políticos internos.

 La pandemia de la COVID-19 ha resultado un terreno fértil para ampliar los tentáculos de la desinformación, hasta China ha logrado con cierto éxito desligarse del manejo irresponsable que le dio a la COVID-19 en sus inicios.

De hecho, la ofensiva diplomática de Rusia y China, a propósito de la promoción de sus vacunas, se apoya en estrategias de desinformación que ponen en duda la eficiencia de Occidente en el manejo de la pandemia, así como la efectividad y seguridad de las vacunas Janssen, Pfizer, AstraZeneca y Moderna.

La desinformación es inherente a la nueva dinámica comunicacional y a la inmediatez que imponen las redes sociales, pero si entendemos que la información constituye un medio para empoderar a la ciudadanía, e indispensable para la participación e incidencia en los procesos políticos y sociales, será más fácil desde la sociedad civil comenzar a tejer estrategias y alianzas que puedan disminuir sus efectos sobre la sociedad.


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