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Censura y desinformación parecen ir de la mano en los regímenes autoritarios. El modelo de China apunta más a una lógica de control estricto sobre lo que se lee, ve o escucha la población, y las nuevas tecnologías han terminado por ser terreno fértil para la consolidación del modelo. El objetivo es que la sociedad china no se informe, no acceda a información que el régimen considera sensible o peligrosa. Que el ciudadano no sepa.

Rusia, en tanto, viene adelantando un esquema de desinformación. Más que censurar contenidos, lo que se persigue es inundar de versiones, muchas de ellas falsas, y generar desconcierto en la ciudadanía. Que dudemos de todo y que no demos nada por cierto parece ser la finalidad de este modelo.

De paso por Caracas, las historiadora y periodista estadounidense Anne Applebaum ha ofrecido un claro ejemplo de cómo funciona la lógica de desinformación que genera Moscú. Utilizó el caso del avión de Malaysia Airlines (más de 200 pasajeros fallecieron en 2014), en una entrevista con Prodavinci: se inundó al ecosistema informativo con cientos de teorías, con el objetivo de que, al final, nadie crea nada y nadie sepa a quién creer. El objetivo es el descrédito. Luego de que fueran divulgadas todas las versiones, la responsabilidad del ejército ruso en la muerte de los pasajeros del avión de Malaysia Airlines es solo una idea más que circula en la marea de falsedades. Se cumplió el objetivo.

Al cierre de 2019 dos organizaciones globales defensoras de la libertad de expresión, con claras diferencias en sus acentos y perspectivas, coincidieron en denunciar a la desinformación como una grave amenaza para la democracia en los tiempos que corren. Hablo de Reporteros Sin Fronteras, cuya sede principal está en París, y de Freedom House, con sedes en Washington DC y Nueva York.

Reporteros Sin Fronteras, por su parte, puso de relieve cómo 2019 ha sido el año de menos periodistas asesinados en tres lustros, en todo el mundo, pero ello no ha significado una mejoría en la libertad de expresión global. Para esta organización, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, es uno de los “depredadores” de la libertad de expresión y los ciudadanos rusos padecen el esquema que también exporta Moscú al resto del mundo, la desinformación.

“Mientras que las grandes cadenas de televisión inundan a los ciudadanos con propaganda, la atmósfera se vuelve asfixiante para aquellos que cuestionan el discurso patriótico y neoconservador del gobierno”, se puede leer en la web de Reporteros In Fronteras.

Freedom House, por su parte, señaló en su reporte global de 2019, sobre libertades en la red, que los gobiernos alrededor del mundo recurren cada vez más a las redes sociales para manipular elecciones y monitorear a sus ciudadanos. En este informe se demuestra cómo existen programas avanzados de vigilancia en redes sociales en por lo menos 40 de 65 países analizados.

La desinformación, una suerte de metamorfosis avanzada de la censura clásica, es hoy un desafío que trasciende a los grupos de periodistas o medios de comunicación. Los gobiernos democráticos del mundo no pueden continuar de brazos cruzados ante el avance notable de este fenómeno. Y, en mi opinión, no se trata de ofrecer una respuesta jurídica o legislativa.

Estamos en un momento álgido en torno a la información. Por un lado los medios tradicionales de prensa, radio y televisión atraviesan una etapa de incertidumbre, ya que no está claro cuál es un modelo de negocios exitoso a largo plazo; y en la otra mano, va ganando terreno la búsqueda de información a través de las redes sociales por parte de la ciudadanía.

En este terreno, debe haber apoyo de gobiernos democráticos y fundaciones al periodismo independiente para que éste tenga la capacidad de reinventarse, medios masivos libres son una garantía para la vida democrática. Asimismo, se hace urgente la promoción de estudios autónomos sobre la desinformación y los fake news, que pueden llevarse adelante desde universidades o desde organizaciones no gubernamentales, para dejar evidencia documentada de lo que está ocurriendo.

Y, finalmente, debemos afrontar la formación de las audiencias. Contar con un público que tenga ojo crítico sería un paso fundamental, para hacer frente a los desafíos de esta nueva era de información.

Este artículo fue previamente publicado en Efecto Cocuyo

Foto cortesía: cortesía


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