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La censura y la circulación de fake news, elementos de la desinformación en Venezuela, dejan efectos desfavorables en la construcción de ciudadanía al impedir el cumplimiento de derechos civiles y políticos.

No puede haber derecho a la libre determinación de los pueblos si estos son sujetos de manipulación informativa en pro de posturas políticas. Un ciudadano con un sistema de creencias manipulado no puede ser considerado un ciudadano con libertad de consciencia. Existe amplia literatura sobre la perspectiva de que el derecho a la información es piedra angular de toda democracia, porque es base para otros derechos humanos.

Un elector, para ejercer el voto, debería estar correctamente informado sobre las tendencias políticas en pugna. Un grupo humano que transita por una pandemia debería disponer de información de calidad para tomar correctas decisiones sobre prevención y atención en caso de contagios.

Un ciudadano requiere conocer lo que piensa otro para, juntos, articular acciones en el marco de valores democráticos, como la tolerancia y el respeto a las minorías, sin discriminación. Es lo que permite hacer sociedad y construir realidades en el marco de la convivencia social.

El artículo 58 de nuestra Constitución de 1999 daba un paso en la materia, al establecer que la comunicación es libre y plural. Más que agonizante, es un principio ausente en la Venezuela de hoy.

El mundo entero busca mecanismos para frenar la desinformación. Aparte de la literatura clásica sobre la libertad de expresión y el derecho a la información, también han surgido alertas, conceptualización, sobre la tergiversación de realidades producto de la circulación de contenidos falseados.

La mentira organizada de Hannah Arendt se encuentra entre los textos clásicos; aparte de un largo etcétera contemporáneo sobre diversas clasificaciones de constructos falseados, que incluyen desde teorías conspirativas, leyendas urbanas, reencuadres temporales, descontextualizaciones, foto montajes, revelaciones vacías, información errónea, etc.

En países como Venezuela, Cuba y Nicaragua, el aparataje de desinformación luce más complejo que en otros Estados con mayores oportunidades de pluralidad. En los antes mencionados se emplean mecanismos de censura estructurada a través de leyes y tribunales alineados con los intereses silenciadores de una élite gubernamental, a la par de una manipulación tarifada, mediante el uso de fondos del Estado para el pago de excluyentes líneas editoriales en medios que deberían ser públicos y no de una parcialidad política.

 ¿Cómo puede haber libertad de pensamiento y confirmación de opinión pública en un entorno que favorece la circulación de falsedades y censura a la crítica? La desinformación, por omisión o distorsión de lo real, altera el sistema de creencias y establece un multiverso de posverdades.

El aparataje de hegemonía comunicacional en la mayoría de los medios de circulación abierta en el país -estaciones de radio y televisión a las cuales se les permite transmitir- presentan algo más que silencio al omitir ciertos temas, pues sus sesgos en el tratamiento informativo, la falta de contraste y la poca realización de preguntas que permitan una auditoría pública a los ciudadanos dejan un mensaje continuo, conveniente, que incrementa la desinformación.

La ciudadanía, entonces, queda también cercenada, al perder su base esencial: la correcta garantía del cumplimiento de los derechos civiles y políticos.

En ecosistemas informativos de esta naturaleza, las personas se hayan atrapadas en versiones alternas de la realidad. Como no hay acceso a las cuentas públicas, no hay capacidad de auditar procedimiento, gasto alguno. Como no hay periodistas que cuenten con la correcta proximidad a los funcionarios del Estado, nadie los increpa con preguntas sobre las fallas, lo cual redunda en la poca aplicación de soluciones que brinden respuestas. No se resuelve el problema, ni se tiene la certidumbre requerida sobre la existencia y gravedad del mismo.

En Venezuela, solo aquellos con determinadas proximidades a medios críticos en internet, de difícil acceso para la mayoría del país, cuentan con la posibilidad de consumir contenidos divergentes de lo que circula en medios abiertos en frecuencias de FM y AM radial, y en las frecuencias VHF y UHF en materia televisiva.

Se crean entonces, universos paralelos, multiversos de posverdades, de diversas cajas de resonancia en las cuales quedan incumplidas condiciones básicas para la conformación de una opinión pública: no hay debate ni discrepancia, no hay triangulación ni pluralismo en las informaciones y comunicaciones expresadas.

El ciudadano queda atado a un condicionamiento que lo hace dudar de lo que le rodea, que le hace propenso a no entender el episodio real de lo que vive, con el bombardeo que recibe en medios de comunicación. Termina sin recursos cognoscitivos sobre lo que le rodea, vulnerable a dar por cierto la propaganda política que le llega disfrazada de información, rumores que recibe por medio de su teléfono inteligente.

La suma de estos individuos, no implica, entonces, suma de voluntades, alineación de espíritus en procura de un salto común, pues, a falta de medios críticos, quedan desarticulados en la toma de decisiones, incomunicados, parcialmente ciegos, impotentes en la obtención de mejoras sociales.

En colectivos de países como los mencionados se cuelan instancias periodísticas digitales, haciendo grandes esfuerzos por poner freno a la desinformación, a los bulos y a la censura. Pero incluso algunos contenidos de internet son bloqueados. Nuevos esfuerzos de control de redes sociales insisten en dar más sofisticados mecanismos a la censura estructurada aplicada por este estilo de gobierno.

Posiblemente, la duración de estos regímenes se explique debido a la vulneración de las capas que conformarían un correcto ejercicio ciudadano en una república. Un ciudadano desinformado perdió la libertad y la capacidad de modificar su entorno. La información curada y plural pasa a ser un privilegio pagado por pocos, que quedan desguarnecidos y como lobos esteparios, atentos ante la manipulación que recibe el resto de la comunidad.

La desarticulación social es el resultado deseado para quienes impulsan y patrocinan la desinformación como táctica para el control.  


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