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Venezuela pareciera ser un experimento de laboratorio en materia de desinformación. Los medios de comunicación tradicionales han sido cooptados por los del gobierno para que no reflejen la realidad cotidiana del país. Resulta insólito, pero así tal cual es. Mientras se producen eventos duros que podrían encabezar cualquier noticiero, estos por el contrario son absolutamente invisibilizados en la agenda pública. Así, los sectores populares no se enteran de lo que pudiera estar ocurriendo en alguna población cercana o lejana dentro del territorio nacional. Es un fenómeno que en alguna oportunidad lo definió un recordado ministro de comunicación como la búsqueda de la “hegemonía comunicacional”, por parte del gobierno, para controlar a su criterio el flujo informativo en el país.

Pero la “hegemonía comunicacional” no fue suficiente ante la aparición de las redes sociales. Muchas personas, ante la ausencia de información, optaron por refugiarse en estos nuevos mecanismos para “encontrar” respuestas a lo que diariamente ven en su entorno. Sin embargo, para acceder a ellas se requería una buena conectividad a Internet y los llamados “equipos inteligentes”; es decir, teléfonos celulares de alta o media gama, laptops y tabletas de buena resolución. Todos con costos inaccesibles para la gran mayoría de la población, especialmente para los sectores populares.

Vale decir que el gobierno contrarrestó con miles y miles de “bots”, generando tendencias absolutamente irreales día a día solo para generar confusión. Así instauró, en aquellos sectores con un acceso relativamente sencillo a fuentes variadas de información, la dispersión, división y desesperanza. Lo que evitó la movilización y capitalización del descontento hacia el mandatario nacional Nicolás Maduro Moros. De esta manera proyectó su “hegemonía comunicacional” hacia las redes sociales con otro concepto: la desinformación. Pero en el ámbito de los sectores populares ocurren otras cosas.

En alrededor del 30% del territorio nacional solo llegan canales de señal abierta controlados por la maquinaria gubernamental: VTV y TVES. Desde allí se reflejan noticias abiertamente favorables al gobierno o las utilizadas para cuestionar a los países que lo adversan. No se refleja en estas pantallas ninguna protesta por falta de agua, gas, electricidad o comida. Es como vivir en la “isla de la fantasía”, como lo describen personas que han participado en grupos focales de estudio. Muy pocas personas tienen equipos inteligentes para contrarrestar las versiones oficiales con otros medios. En ese 30% del territorio nacional vive alrededor de un 20% de la población venezolana. Vayamos sacando cuentas al respecto.

Luego tenemos al segmento poblacional más importante del país. Es el que habita las zonas urbanas y suburbanas alrededor de las grandes ciudades. Constituye alrededor del 55% del total nacional. Es lo que se denomina como sectores populares. Allí identificamos un espectro poblacional que no tiene capacidad económica para tener equipos inteligentes, amén de no contar con una conectividad a Internet mínimamente decente. Ellos nos cuentan que si acaso en algunas oportunidades pueden acceder al Facebook desde una vieja PC en casa o algún cyber que subsista los embates de la crisis, o escuchar alguna emisora de radio que todavía tenga algún espacio de opinión limitado. No hay más. El resto son los canales oficiales y los medios privados obligados a autocensurarse.

En ese sentido, podemos destacar que la desinformación es una clara política del Estado venezolano para realizar el denominado “control social”, que está orientado a neutralizar, mediante la desesperanza y la fragmentación, a los sectores sociales de clase media más acérrimos opositores al gobierno central y a “manipular” ideológicamente a los sectores populares con información tendenciosa para culpabilizar a otros de los problemas actuales del país

Como vemos, no es una receta nueva esta de la desinformación. Lo novedoso es la utilización de las nuevas tecnologías para ello. Mantener inmovilizada y tranquila a una población que diariamente padece hambre, falta de electricidad, gas doméstico, gasolina y los insumos necesarios para tener una calidad de vida decente es una tarea que la desinformación ha alimentado muy bien en Venezuela.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿hasta cuándo se podrá mantener ese esquema? La respuesta la obtendremos cuando estudiemos científicamente la “información” que reciben los pobres en el país y, en consecuencia, actuemos para romper ese círculo dantesco que los convierte en individuos aislados y desmoralizados para unificarlos en torno a una idea-fuerza asociada al cambio y a la esperanza.  

Este artículo fue previamente publicado en Efecto Cocuyo por Piero Trepiccione

Foto cortesía RT


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