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El uso de las redes sociales, y particularmente Twitter, por parte de periodistas vinculados a medios o entidades de comunicación social, sigue siendo un tema candente. Se trata de uno de esos asuntos sobre los que existen miradas diversas y difícilmente se pueda establecer un parámetro de aceptación universal.

El tema ha regresado al tapete de la discusión pública. Tim Davie, nuevo Director General de la BBC, anunció que el uso personal de redes sociales estaría restringido para los periodistas de la principal corporación de radio y televisión del Reino Unido. En su carácter de un medio público, Davie al asumir el cargo y dar su primer discurso, ha enfatizado la palabra imparcialidad como el centro neurálgico de la BBC.

Aunque Davie se refirió a diversos temas, algunos de ellos podrían considerarse interpelaciones éticas para el cuerpo de periodistas y comunicadores de la BBC. Nos detendremos en este artículo en comentar el que mayor causó revuelo. El discurso de Davie fue traducido al español por la Fundación Gabo y puede leerse en este enlace.

Cuando el nuevo director de la BBC anunció que estará restringida la opinión personal de la plantilla periodística en redes sociales hizo esta aseveración: “Si quieres ser un columnista tendencioso o un activista de partido en las redes sociales, es una elección válida, pero no deberías estar trabajando en la BBC”.

La frontera clara entre información y opinión ha sido una de las grandes obsesiones del periodismo anglosajón, no ahora, sino desde siempre. En América Latina, en cambio, es usual que un periodista en una nota informativa deje colar abiertamente su opinión. No se censura, en nuestros países, que un periodista opine. Esto sólo causa escozor cuando se habla de temas álgidos políticamente.

No hay un debate real sobre la imparcialidad como valor del periodismo, no al menos en el periodismo venezolano. Sin embargo, la realidad de nuestro país o latinoamericana no escapa al debate sobre el uso personal de redes sociales por parte de periodistas.

El tema es sin embargo motivo de debates y decisiones en otros ámbitos. Un caso emblemático, y tal vez el primer despido de resonancia que estuvo relacionado con Twitter, se registró en un ya lejano 2010. La cadena estadounidense CNN despidió a la editora principal para el Medio Oriente, Octavia Nasr, quien llevaba 20 años con la empresa, porque su credibilidad había quedado “comprometida”.

¿Qué cosa hizo Nasr para que se tomara esta decisión? Tras la muerte del Ayatolá Sayyed Mohammed Hussein Fadlallah, el clérigo chiíta más influyente en el Líbano, Nasr dijo que lo respetaba. Este clérigo libanés había inspirado al grupo extremista y violento Hezbollah.

En 2015, en Ecuador, el diario El Comercio decidió despedir al periodista Martín Pallares, después de 13 años. El periódico informó que el periodista ignoró “pedidos cordiales” para que se ajustara al manual de redes sociales de esta corporación periodística. En su cuenta de Twitter, que en ese momento tenía más de 15 mil seguidores, Pallares afirmó entonces: “Lo que digo acá es de mi exclusiva responsabilidad y no tiene relación con mi empleador”.

Siendo El Comercio una de las empresas más emblemáticas del periodismo ecuatoriano y teniendo Pallares tantos años allí, surge una interrogante: ¿su impacto en Twitter no tenía nada que ver con la exposición pública que le dio este diario durante tantos años?

¿Periodistas influencer?

La relación entre medios y periodistas está caracterizada por diversas tensiones. Una de ella es tal vez la propiedad que pueda tener un medio sobre el trabajo intelectual de un periodista. Junto a ello está la vitrina pública que un medio de comunicación termina siendo para un periodista.

Imaginemos el caso de un periodista de una ciudad intermedia, estudia en la capital y logra conseguir trabajo en un canal de televisión nacional. Tras dos décadas de aparecer en pantalla como reportero, este comunicador pasa a ser una figura pública, crea una cuenta en Twitter y ve que sus seguidores son miles. Hasta cree que es un influencer.

En un caso como este, cabe preguntarse: ¿el cúmulo de seguidores es exclusivamente obra de este periodista? ¿Qué papel en este impacto tiene el medio, como vitrina, para que se haya alcanzado dicho posicionamiento público?

Otro caso hipotético, un periodista usa su cuenta personal en Twitter para ventilar asuntos internos de la entidad de comunicación social con la que trabaja. Usa la red social para expresar su malestar ante algunas decisiones internas e incluso difunde mensajes que contradicen los principios de esta organización.

En este último caso, en tanto, caben estas preguntas: ¿por ser favorable a la libre expresión un medio debe seguir contratando a un periodista que le hace señalamientos por redes sociales y deje de lado los canales internos de la entidad? ¿Cuál es el límite para esa libertad y cuál la necesaria afinidad y alineamiento que debe tener un empleado con su empleador?

Como solía decir en mis clases de ética en periodismo, en la Universidad Católica Andrés Bello: son temas candentes para los que hay muchas aristas e interpretaciones; de manera que caben muchas respuestas. A fin de cuentas, no hay una verdad.

Este artículo fue previamente publicado en Efecto Cocuyo


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