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El conflicto político venezolano se ha convertido en un tema central de agenda hemisférica. Desde la llegada de la revolución bolivariana al poder en 1999, desde Venezuela se impulsó una polarización que no solo impactó la vida local de su población sino de toda región.

Como una especie de juego de dominó, fueron apareciendo gobiernos afines al proyecto ideológico de Caracas gracias a la geopolítica del petróleo que permitió la inversión masiva de recursos para generar influencia política en diferentes sociedades.

Fue una época de amplia bonanza, con un profundo conflicto político que en ese momento solo afectaba el funcionamiento del Estado venezolano. Pero luego vinieron los tiempos de agudización y de deterioro del ingreso petrolero, sumado a la enorme corrupción que comenzó a generar una de las mayores olas migratorias de la región con gran impacto en nuestros vecinos.

Cuando nuestro conflicto político se convirtió, a la par en un caos económico que movió peligrosamente la aguja de los indicadores sociales, los venezolanos comenzaron a salir del territorio nacional hacia diferentes destinos en proporciones épicas.

Y fue allí, cuando la comunidad internacional se alineó, en gran medida para procurar una negociación de alto nivel que lograra desbloquear la situación interna y permitiera cambiar las condiciones internas para detener un flujo migratorio que desestabiliza los servicios sanitarios hemisféricos.

Pero, Venezuela ha reeditado, a su manera, y salvaguardando distancias históricas, una especie de guerra fría en un formato más bien caliente. Cuba, en su momento, fue un producto de la bipolaridad mundial promovida y sostenida por la extinta Unión Soviética y los Estados Unidos de Norteamérica.

El estatus actual de Venezuela, en cambio, es un producto de la “multipolaridad” que por un lado tiene a Rusia y China jugando al contrapeso internacional a los EEUU, a la Unión Europea con su presencia global y a la propia Cuba, que se convirtió en un actor promotor de su propia ideología con fines económicos y geopolíticos con fuerte presencia en Venezuela.

Esta “multipolaridad”, en lugar de equilibrar las posturas diplomáticas y facilitar una resolución del conflicto interno venezolano, más bien se ha convertido en una especie de “puja” para ver quién saca la mejor tajada. Rusia apuesta por usar a Venezuela como una cabeza de playa en América Latina sin gastar un solo centavo.

El tamaño de la economía de Rusia es similar al de la Italia actual, con lo cual, aquellas aventuras de promoción y sostenimiento de conflictos en diversos lugares del mundo no se lo puede permitir en estos momentos. Pero con la posición de la revolución bolivariana en contra de los intereses de EEUU, puede usar el conflicto para ganar terreno geopolítico mundial. China, en cambio, confronta una difícil guerra comercial con los EEUU actualmente.

Este hecho, sumado a otros factores internacionales promovidos por los norteamericanos, les desacelera su crecimiento económico. Por ello, su alianza con Rusia y el apostar a la geopolítica global, más allá de lo económico, para poder afianzar su carácter de potencia mundial.

La Unión Europea, al ser otro polo diplomático y de poder internacional, en algunas oportunidades juega cuadro cerrado con EEUU y en otras, no tanto. El cúmulo de intereses económicos en la región y en particular, en Venezuela, hacen que se involucren hasta el fondo.

Ni qué decir de Cuba, que convirtió a Venezuela en su benefactor soviético de antaño y es quien más se aferra a sostener al gobierno de Maduro para garantizar sus auxilios energéticos, que se han convertido a la par en sostén financiero central de su economía.

Cerrando la rueda “multipolar” con respecto a Venezuela tenemos a los países vecinos. El llamado grupo de Lima que trata de desmontar la bomba social interna del país para que la migración no siga causando estragos en toda la región.

Este complejo cuadro lo hemos visto en Oslo y en Barbados en el marco de las últimas rondas de negociaciones intentadas con la mediación de Noruega y promovidas por la Unión Europea y el grupo de Lima, además de ser avaladas por los EEUU, Rusia y China.

Lamentablemente, no se ha avanzado mucho y la representación diplomática de Nicolás Maduro se levantó de la mesa con duras críticas a la contraparte de Juan Guaidó y, particularmente, a la agudización de las sanciones norteamericanas. No obstante, la mediación de Noruega sigue activa y está tratando de retomar la negociación en el corto plazo.

El tiempo para el diálogo no se termina nunca, el problema de fondo es la difícil situación social que afrontan los venezolanos, que avanza a un ritmo inexorable mientras la diplomacia tiene unos ritmos demasiado lentos para la magnitud de la crisis. Los actores políticos deben comprender que la negociación es necesaria para el país, más allá de la multiplicidad de intereses geopolíticos.

Autor: Piero Trepiccione


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