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Los venezolanos, en su gran mayoría, seguimos padeciendo una crisis compleja que literalmente abarca cada ámbito de la vida social. Los servicios básicos en crisis, crisis eléctrica, crisis en la distribución de gasolina, hospitales sin medicinas, alimentos en los anaqueles pero con precios inalcanzables.

A la lista generalizada de problemas se añaden facetas personales. Pacientes que tienen enfermedades crónicas; personas que son enviadas a su casa para que fallezcan junto a sus familiares porque ya no hay qué ofrecerles en el hospital; comunidades enteras cocinando con leña y aumentando los casos de asma; venezolanos que se alimentan según lo que consigan en las bolsas de basura de otros venezolanos.

Esta es la crisis que yo veo. La compasión ayuda a ponerse en los zapatos del otro. Como muchos otros, vivo dentro de una burbuja en la que medianamente me puedo mantener. A diferencia de unos cuantos, entiendo que mi estabilidad relativa en la crisis no habla de que la crisis se acabó. Al contrario, estamos lejos de que la crisis se haya resuelto.

El periodismo venezolano enfrenta el gran desafío de contar, de narrar, de explicar esta crisis. Una crisis obviada por la comunidad internacional, con flujos mínimos de ayuda humanitaria que además ingresa de forma contingente.

Y la crisis migratoria sigue. El que hayan regresado venezolanos habla de las dificultades que se les presentan en otras latitudes (visas, xenofobia, trabajos mal remunerados) y no que la gente no quiera irse. En varios casos que he conocido la decisión de regresar estuvo relacionada con la incapacidad de mantenerse en el extranjero y de mantener a la familia dentro de Venezuela, en donde los costos de todo aún en dólares han subido de forma significativa.

“El que hayan regresado venezolanos solo habla de las dificultades en otras latitudes”

Los problemas son muchos, no se avizoran soluciones globales a la crisis. Cada quien echa mano de lo que tiene para plantarle cara al desafío de sobrevivir.

El periodismo, ante tal complejidad, debe combinar la tarea de graficar con números lo gigantesco que es la crisis. Pero no quedarse sólo en los datos, en la estadística.

Tan importante es decir que nos acercamos a los 5 millones de migrantes y exiliados, cómo mostrar las historias humanas de los que se van. Y ahora, más que nunca, contar las historias de los que regresan.

Imbuido por las ciencias sociales, el periodismo es una forma heterodoxa de contar la realidad. Efectivamente se puede apelar a la cifra, pero a veces la cifra sola no da cuenta del dolor que atraviesa hoy a los venezolanos. Posiblemente una sola historia nos ayude a comprender cabalmente el drama que nos envuelve como sociedad.

Los niños que están emigrando solos siguiendo las sendas de sus padres; las niñas y jóvenes obligadas a prostituirse para sobrevivir en otras sociedades; los venezolanos que están falleciendo lejos de su tierra y son enterrados en tumbas sin nombre; los que cada día dentro del país se levantan y empecinados siguen laborando; los que se echaron a morir porque ya nada tiene sentido.

Son tantas las historias que debe contar el periodismo, algunas ya están siendo contadas, otras sencillamente esperan el foco periodístico, un foco que humanice lo que vivimos y padecemos.

Este texto fue previamente publicado en Efecto Cocuyo


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