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El Estado venezolano regenta con mano de hierro cuatro circuitos radiales de cobertura nacional y, vigila con igual rigor, un sinfín de emisoras dispersas y desarticuladas entre sí, que intentan ocupar el espectro radial con una programación ralentizada, en más de las veces intrascendente, banal, ruidosa, muy poco pertinente y reñida con una de sus funciones básicas: informar al ciudadano de todo cuanto acontece.  

Su otra dolencia es que la inversión publicitaria mermó a extremos tales, que un radiodifusor de Valencia me asegura que tiene varios años que no ve un bolívar representando el retorno de su inversión inicial. La inflación y la competencia -no tan leal- entre los radiodifusores hicieron muy vulnerables los esquemas de tarifas para la venta de los espacios publicitarios, y la incursión del Estado, como el gran nuevo anunciante, marcó la gran diferencia.

Las líneas editoriales críticas y combativas de los noticieros y espacios de opinión automáticamente alejan la inversión en los llamados grandes espacios de la publicidad. También ayuda bastante la presión fiscal y la coerción brutal de Conatel, para que la radio ya no sea lo que antes era. 

Cifras dadas a conocer en el año 2.012 nos advertían que, para ese momento, en el país funcionaban aproximadamente unas 1.243 emisoras de radio, distribuidas en más de 734 estaciones FM y unas 376 señales que emitían las tradicionales frecuencias de Amplitud Modulada. Un buen número de estaciones de radio, si se toma en cuenta la población y la distribución geográfica de cada una de ellas.

En 2.015 -apenas tres años más tarde- el número total de emisoras de radio se había reducido a unas 769 estaciones, notándose una escandalosa reducción en la frecuencia AM, de la cual tan solo quedaban aproximadamente cuarenta estaciones en todo el país. El número de estaciones de frecuencia modulada experimentó un leve crecimiento para totalizar alrededor de 741 estaciones en el frondoso ecosistema de la comunicación auditiva-verbal. Un verdadero apagón comunicacional en un país sediento de información para construir su destino político.

Para ese mismo momento, el número de estaciones comunitarias había migrado de unas 600 estaciones a menos de la mitad, y algunas de estas a su vez, a emergentes iniciativas privadas. Qué sucedió realmente en el espectro radioeléctrico nacional para soportar una trasformación tan profunda como la ya descrita y apenas reportada. Esa duda no hay, por ahora, forma de responderla.

El pertinente programa meridiano de la Cámara de la Radio para el momento de ese recuento ya había desparecido, dejando una sensación de pesada nostalgia; por lo que representó para la comunicación de las ideas y para la libertad de expresión. Para quienes no lo recuerden, se trataba de un corto espacio radial meridiano, difundido a nivel nacional, que en modo de reflexión editorial fijaba pertinentes posiciones en torno al acontecer nacional. Luego de su desaparición, una especie de letal pandemia fue liquidando los espacios de opinión de la radio, y así, la voz de la pluralidad fue desapareciendo de nuestros espacios radiales.

La crisis del sector eléctrico colabora activamente con la consolidación de las denominadas áreas silenciadas, espacios geográficos donde no existe medio de comunicación alguno, ni periodista que ejerza el controversial oficio.

En las extensas áreas de la Venezuela profunda, la radio, a lo largo de la vida útil de la república civil, logró crear y consolidar los espacios ideales para la presencia de una cultura ciudadana y una cultura democrática, hoy lamentablemente perdida, a consecuencia de una deliberada política de censura y exclusión. Allí reinaron por mucho las emisoras AM y sus circuitos.

Según cifras de la ONG Espacio Público, durante el mes de enero se registraron 28 casos de agresiones contra los medios, que se tradujeron en 110 violaciones del derecho a la libertad de expresión en Venezuela. Eventos, en su mayoría, dirigidos a impedir la cobertura de la fuente parlamentaria, retenciones arbitrarias y censura a través de la prohibición de la difusión de información.

De los 82 afectados, un total de ellos son 66 periodistas y reporteros. Los datos revelan un incremento en el número de violaciones producto del periodo de conflictividad social y política que transita el país.    

Entre enero y junio de 2019, el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS) Venezuela, con el apoyo de la Red Nacional de Corresponsales, realizó una revisión del impacto de la crisis en los medios de comunicación en 23 estados del país, y determinó que al menos 99 medios de comunicación entre televisoras, emisoras radiales, periódicos y medios digitales, se vieron seriamente afectados.

La ONG refiere en su informe 142 episodios documentados y avalados por una serie de eventualidades, a consecuencia de las fallas de los servicios públicos, hechos de delincuencia y decisiones políticas que derivaron en una serie de eventos representados en una agresiva política de censura y de limitación a las libertades fundamentales. 

                                                                                                    
Los apagones se ubicaron como la principal razón de desconexión de los medios de comunicación durante el primer semestre del año. IPYS Venezuela registró que, en 67 oportunidades, los medios se vieron perjudicados por las fallas en el suministro eléctrico. Esto provocó que 62 medios tuvieran afectaciones temporales y otros cinco no pudieran seguir operando por daños en sus equipos.

La radio, como es de esperar, fue el medio más silenciado. Se contabilizaron 95 restricciones en al menos 65 emisoras y 42 de estos episodios corresponden a interrupciones por apagones que se registraron entre enero y junio de 2019.

Entre los meses de marzo y abril fue cuando se presentaron los más altos números de afectaciones producto de las restricciones informativas que se derivaron de la crisis que ha afectado a la ciudadanía en general. El vacío informativo se sintió con mayor fuerza el jueves 7 de marzo de 2019, cuando se produjo el primer apagón general que afectó a todo el país. En ese momento, el fenómeno de la incomunicación se extendió durante 100 horas en vastas regiones del país.

Las informaciones difundidas durante todo ese tiempo se transmitieron de forma rezagada en aquellos medios que hallaron métodos alternativos para seguir funcionando, mientras que el resto de medios informativos estuvieron completamente desconectados.

El reporte de IPYS advierte que los medios localizados en Barinas y Zulia fueron los más aquejados por estos sucesos, debido a las fluctuaciones del servicio eléctrico que dañaron equipos en distintas empresas informativas.

La delincuencia organizada jugó en contra de la operatividad de los medios radioeléctricos. Los corresponsales de IPYS Venezuela registraron 15 casos en los que los hechos delictivos perjudicaron el desempeño de los espacios de información a través del robo y hurto de equipos de trabajo y cables de conexión a internet y de electricidad, destrucción de dispositivos de transmisión en las antenas, la vandalización y ataques a equipos en sus respectivas sedes.

A las fallas de servicios básicos y los hechos de delincuencia que han afectado a los medios, también se suman las acciones restrictivas de Conatel. Las medidas directas e indirectas de censura han logrado apagar la señal de distintas estaciones de radio. Luego de las restricciones eléctricas, éste se convirtió en el segundo factor de mayor implicación para la operatividad de los medios.

La Censura que viene

Según los datos verificados por IPYS, Conatel dirigió medidas de censura en al menos 33 oportunidades durante los primeros dos trimestres de 2019. Estas limitaciones definitivas en contra de medios y espacios informativos y de opinión ocurrieron en 22 momentos diferentes, sumado a 11 casos adicionales que fueron identificados como medidas temporales.

Nueva Esparta representa la entidad con mayor número de casos con medidas de cierre definitivo de programas de información y opinión. El estado Miranda se ubica luego de Nueva Esparta con tres casos,
el Área Metropolitana de Caracas, Monagas, Apure, Sucre, Falcón, Guárico, Lara, Cojedes, Aragua y Yaracuy, no escaparon de estas restricciones. En estas regiones, Conatel también emitió órdenes de censura y cerró de manera definitiva espacios de opinión e información, así como algunos medios de comunicación.

Exhortos, allanamientos avalados por los cuerpos policiales y los miembros de Conatel, medidas de cierre y presiones por parte de entes del Estado, fueron los principales hechos registrados por IPYS Venezuela en el Área Metropolitana de Caracas, Zulia, Delta Amacuro, Apure y Carabobo.

A consecuencia del ambiente de presión y censura imperante las gerencias, jefaturas y dueños de medios de comunicación, también silenciaron sus espacios de información eliminando de sus respectivas programaciones a los “denominados programas incomodos”.  Monagas, Lara, Zulia, Sucre, Carabobo y Aragua, aparecen como las seis entidades regionales donde se constataron al menos 16 episodios de censura y autocensura en 11 medios respectivamente.

La crisis y las medidas de censura impactaron con mayor fuerza a cuatro estados: Zulia, Barinas, Monagas y Mérida. El Zulia ocupó el primer lugar con 25 afectaciones que perjudicaron al menos 11 medios de comunicación entre televisoras, estaciones radiales y medios digitales.

Conatel, en su página web, advierte que en los últimos días de febrero se concluyeron las habilitaciones administrativas de 11 nuevas emisoras para un total de 50 estaciones favorecidas por las medidas oficiales, entre finales de 2019 y este año. La cosa va y favorece a nuevas emisoras comunitarias, otras de perfil religioso y unas pocas emisoras de corte comercial. Además, entre las notables iniciativas del despacho resalta la promoción de una reforma parcial de la Ley Orgánica de Telecomunicaciones. La radio, no será la misma de antes.

La suma de obstáculos

Son variados los elementos que confluyen en la consolidación de esta caótica situación. Vale decir, en primer término, que hay menos pluralismo en la esfera mediática y una mayor concentración discursiva en los llamados medios oficiales, para establecer sin mayor rubor la presencia de una hegemonía comunicacional totalitaria y excluyente.

Eso se ayuda con la profusión de leyes que limitan acceso a la información y dificultan el trabajo de los medios y periodistas, limitaciones todas, que contribuyen a la restricción de la difusión de contenidos de verdadero interés público.

No hay una cifra precisa sobre el número de concesiones del espectro radioeléctrico que han sido rescindidas, y las nuevas habilitaciones estiman plazos muy cortos para su funcionamiento, lo cual, a juicio de los radiodifusores, impiden rentabilizar la inversión que se hace en el medio. La sequía publicitaria tan bien ayuda.  

La obligatoriedad de tramitar ante Conatel el denominado registro de Productor Nacional Independiente, y su renovación cada dos años, es otro factor de control sobre la actividad de los trabajadores de la radio. Obvio que la discrecionalidad en la acreditación del documento impide una verdadera democratización de los espacios radiales, toda vez que ya existen las respectivas licencias para los operadores de estaciones de radio, locutores y periodistas, que son emitidas por sus propios gremios y el mismo ente gubernamental.

Anthony Brei, un estudioso del tema nos dice que toda innovación en la capacidad para comunicarnos tiene, o debería tener, una profunda incidencia sobre nuestra cultura y, por extensión, sobre la esencia diferenciadora de nuestra especie. De esa violenta intervención en el rol de los medios de comunicación surge una Sociedad de la Ignorancia, caracterizada y favorecida precisamente por las nuevas formas de comunicación, trastocadas y disfuncionales. El llamado “hombre nuevo” además de bruto y sordo, será profundamente ignorante de aquellas cosas que le son propias.

En esa sociedad, escindida por la ausencia de medios integradores, ser ignorante puede ser un acto lleno de impetuoso glamur. En esa sociedad desarticulada o construida entorno a una sola versión de los hechos, la ignorancia será admitida como un clamoroso modelo de éxito social y terminará por ser considerada como una muestra positiva de las virtudes de esa versión de la democracia que nos vende el neo-populismo. Vale decir que la ignorancia militante exige que se respeten sus derechos, y basta con soportar una cadena oficial del Estado para identificar estas sentencias esclarecedoras.

Los nuevos paradigmas de la comunicación digital son en este momento el conocimiento y el de la alta productividad tecnológica, y nosotros estamos muy lejos de asumir ese reto gracias a ese oscurantismo medieval que priva en nuestro ecosistema comunicacional. El consumo y el espectáculo privan por encima de la tradición liberal de informar para educar ciudadanos probos y comprometidos con sus pares.

Al garantizar una mayor comunicación, la revolución de internet y las posibilidades que brindan las redes sociales hicieron posible que se ampliaran las posibilidades del ciudadano para obtener información y se redujera en algo el espacio al poder totalitario. Pero la ecuación no está del todo completa, censura y control conspiran contra todo ello.

La falta de información oportuna, libre, disponible, frecuente, plural, genera una obsolescencia cognitiva del ciudadano ante lo público y eso, a su vez, permite un acelerado crecimiento de la incultura política, así como del avance de la debilidad democrática que nos impone la posmodernidad.

Gracias al espacio que crean los medios, el ciudadano puede ser actor fundamental en el escenario de las grandes decisiones, pero los silencios que imperan por la censura y la restricción de la información permiten que esas grandes decisiones se adopten en canales para-democráticos por los expertos y por los políticos tradicionales, haciendo del ciudadano, un mudo espectador.

Al final solo existirían dos castas, una acomodada en su ignorancia y la otra formada por los saberes productivos. La descomunal y muy mala noticia es que esa circunstancia nos hace mucho más frágiles ante las contingencias sociales, nos impide identificar y asumir la responsabilidad que cada uno de nosotros posee. Liquida al individuo, lo hace un ente periférico, porque esa restricción facilita que cada vez exista más saber en las organizaciones y menos conocimiento en el individuo. La tarea nuestra es equilibrar esa proporción.

Todo esto es suficiente motivo para preocuparse por el silencio impuestos a los medios y, muy en especial, el más accesible de todos… la radio. Créanme ya no será lo que antes era.

Autor: Alfredo Álvarez


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