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Se suele afirmar que una de las condiciones que supone y requiere el funcionamiento de una economía de mercado, es el equitativo acceso de todos los actores económicos a la información.

Aunque esta premisa aplica para la comprensión de un funcionamiento deseable de las relaciones de intercambio en un sistema económico, es también válida cuando la trasladamos al conjunto complejo de una sociedad.

Se asume, como práctica ideal en sociedades abiertas y democráticas contemporáneas, que el derecho a estar informado y el acceso a la información, son de los más importantes indicadores de la condición ciudadana de este  globalizado siglo XXI.

Aunque  la pandemia del covid-19 parece haber colgado unas comillas a esta premisa en algunos países, el acceso a la información, la existencia de medios de comunicación plurales y autónomos, siguen siendo pilares de peso de cualquier sistema de libertades ciudadanas, y un elemento esencial para la conformación de valoraciones y criterios de análisis como base de la toma de decisiones.

En este, como en otros aspectos, la realidad venezolana marca una diferencia preocupante en relación a la tendencia mundial.

Quienes nacimos a mediados de los 70, disfrutamos de una niñez en la cual las opciones televisivas, por ejemplo, junto a la presencia de una oferta informativa radial e impresa, daba cuenta de una democracia que a pesar de exhibir señales de crisis, respetaba y toleraba la existencia y pluralidad de medios de comunicación.

La prensa escrita, los diarios de circulación nacional, los periódicos regionales, emisoras de radio, y el influyente predominio de los canales de televisión, participaban en la conformación de una agenda de opinión pública, antes de la irrupción de internet y los medios digitales y también, del quiebre del modelo político a partir de 1999, con el ascenso del chavismo al poder.

Recuerdo que era habitual la lectura en mi casa de El Nacional y El Impulso, habito que continué ya como adulto, hasta que el acoso oficial a los medios impresos y la escasez de papel, entre otros factores, obligaron al cierre de la edición impresa de dichos Diarios, como el de muchos, en años recientes.

El panorama de este 2020, en materia de acceso a la información y de medios de comunicación en Venezuela, es totalmente distinto y bastante alejado del que prevalecía hace 20 o 30 años atrás. De hojear las páginas de un diario, pasamos a leer la pantalla de un teléfono celular.

La dinámica política y la permanencia de un modelo de control hegemónico por parte del Estado sobre importantes espacios de la vida social, ha impuesto la reducción sustancial del número de medios y por lo tanto, crecientes limitaciones a la población para enterarse de lo que sucede en el país, y en el mundo.

Para finales de 2018, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) denunciaba el cierre de 115 medios de comunicación en Venezuela, entre medios impresos, emisoras de radio y canales de comunicación, cifra que en 2020 ha seguido aumentando.

El Instituto Prensa y Sociedad (IPYS), calificó el 2019 como el peor año para el ejercicio del periodismo desde 2012, fecha en la cual esta organización comenzó a llevar el registro de agresiones a periodistas y comunicadores sociales.

Como un dato interesante, según Conatel, la penetración de internet en Venezuela era de 59% en 2019, lo cual deja fuera del acceso a la web a un 41% de los venezolanos, desconexión que es más notoria en zonas rurales y en sectores populares.

La permanencia de medios en versión digital, emisoras y canales televisivos,  nos indican que han sobrevivido no sólo a la censura oficial o la quiebra económica, sino que han podido sortear el colapso de los servicios públicos,  los cortes de luz y de internet y  la recesión económica.  En este contexto, hay obstáculos y limitaciones para acceder a informaciones y contenidos, por parte de una población también cada vez más escéptica y golpeada por esta realidad.

Investigaciones cualitativas en grupos focales recientes, llevadas a cabo por la Asociación Civil Medianálisis en el primer trimestre de 2020, corroboran la que muchos ya sospechaban:

-El acceso a la información y noticias en Venezuela está limitada por los cortes de luz, la poca conectividad, el alcance limitado tanto de los canales de TV nacionales como de los  medios digitales en ciertos estratos sociales, especialmente en sectores populares.

-Las redes sociales están cubriendo parte de las demandas de noticias e información de las personas, especialmente Facebook y Whatsapp.

-La difusión de noticias falsas o fake news, se suma a la opacidad en la información pública y en dudas crecientes sobre su credibilidad y veracidad.

-Hay una percepción generalizada acerca de la censura oficial y la autocensura como mecanismos que se aplican y que han incidido en una disminución del número de medios y de la veracidad del tipo de informaciones que se difunden.

-Existe una brecha generacional importante en cuanto al interés sobre temas políticos y económicos entre segmentos poblacionales adultos y grupos más jóvenes.

-Más de la mitad de los venezolanos posee un teléfono inteligente, que se ha convertido en herramienta de acceso a portales digitales y redes sociales.

-La radio como medio de comunicación, mantiene un sitial importante en términos de penetración en zonas apartadas de la geografía nacional, creando fidelidad y generando credibilidad, en sectores populares y al interior del país.

En esta atmósfera de desinformación e incertidumbre, en la cual confluyen elementos de tipo cultural, social, educativo, geográfico, tecnológico y aquellos relacionados a las restricciones y limitaciones crecientes para el funcionamiento de los medios de comunicación, es evidente en algunos casos un desinterés en informaciones políticas o vinculadas a la crisis institucional reinante.

Los venezolanos han tenido que pasar de ser ávidos lectores de diarios y prensa escrita, a identificar, en el nebuloso clima de desinformación y pocas opciones y ventanas mediáticas de información veraz e independiente disponibles, aquellas que le permitan mantenerse medianamente informados. La mentira se ha convertido en el signo de un poder, al que no le interesa ser escrutado.

En un escenario de cambio político, una vez se cierre este trágico ciclo histórico, en el cual la reconstrucción económica, social, política e institucional del país se asuma como misión colectiva, recomponer un tejido de medios de comunicación plurales y autónomos, además de recuperar el acceso a la información pública y oficial, formarán parte de las tareas y de los derechos a restablecer en el rescate de nuestra condición ciudadana, y en nuestra reinserción a las tendencias mundiales en esta materia.

Y en la lectura de nuestra realidad, la toma de decisiones dejará de ser menos un asunto de intuición o azar, y más una selección informada y con un adecuado acceso a noticias, en el normal monitoreo de la acción pública, como rasgos distintivos de libertad económica y el ejercicio ciudadano en democracia.

Alexei Guerra


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